Eche pa´echarle, restaurante peruano del chef Luis Eche

Por: Patricia Morales Betancourt

Luis Eche es el propietario chef del Restaurante Eche pa´echarle desde el año 1993. Están ubicados sobre la calle Saint Hubert, 7216 cerca al metro Jean Talon. Nos ofreció una jalea y un ceviche. Nos explicó que la jalea, el plato principal, es el nombre específico, del norte del Perú, del pescado al jalarlo para consumirlo después de dejarlo al sol y secarlo.

Su historia comienza en el norte del Perú, cuando Luis vendía ceviche de pescado y de camarón en un carrito y le dio por tomarse una cerveza y fue interceptado por la policía.  Al momento de su pesquisa, los agentes le dijeron estás echándole (bebiendo y vendiendo seviche) y de esta manera se liberó de que lo penalizaran. Este incidente le motivó para crear el nombre de su restaurante, Eche pa´echarle. Una anécdota de cómo el ceviche, el producto estrella, le dejó en libertad y le abrió las posibilidades de viajar al país del norte.

Luis, un ser generoso, experto, abierto, organizado, visionario, arriesgado y aguerrido llegó a Montreal a colocar su propio negocio hace 23 años, cuando mirando hacia el cielo, observando las estrellas, desde la playa de su ciudad natal, Piura, decidió viajar hacia el norte, con toda su familia y exportar sus delicias, aquellas que le habían salvado de ser sancionado.

Entre tanto, hablaba, nos hizo una jalea de pescado, mariscos y yuca frita, ensalada de cebolla, lechuga, tomate y granos de maíz cancha, bañada en una rica salsa a base de mayonesa y crema a la guancaína. Antes de freír, los viste con harina y los echa dentro de una paila llena de aceite. Parece como si bailaran y sintieran el calor ardiente que los dora.

La jalea nace en el norte del Perú, Piura, sobre la costa peruana, del litoral del Pacífico. Los niños comienzan a pedirle a los pescadores pedacitos de pescado y de mariscos, comprar y llevarla a sus casas para hacer la jalea. Obviamente el nombre nace de jalar el pescado seco que ponen a tostar al sol para consumirlo luego in situ. Él y su esposa importan productos del Perú y se la han jugado para tener lo que tienen. Él, con tono bajo y expresión humilde, nos confiesa que estaba predestinado a traer su cultura a Montreal, entretejer y complementar un pedacito de su tierra con el Canadá.

Cuando llegó a esta ciudad se inició como cocinero y poco a poco se fue haciendo a su propio negocio, lo compró y se quedó con él sobre la calle Saint Hubert. Mientras nos cuenta comienza a decorar la bandeja con una rapidez. Parece como si el pescado, los mariscos, calares y camarones y todas esas delicias quisieran saltar sobre el plato y ser parte de una composición artística, llena de forma y de colores contrastantes que invitan a consumir con la mirada y a transportar al paladar sabores de vida, de tierra, de costumbres ancestrales, que renacen de una cultura rica en frutos del mar, maíz, plátano y yuca. Su sobrino Ronald lleva el plato a la mesa y nos explica un poco acerca de la bebida, refrescante y colorida, que está hecha de maíz morado, clavo, canela y azúcar. Las rodajas que se sacan del plátano que se pela al agua caliente, se rallan, se fritan y se bañan con una salsa picante de color terracota. El comensal come desaforadamente con gusto, con el deseo de encontrar en cada bocado la combinación perfecta acompañada con el sonido crocante de las cáscaras de los camarones y mariscos, las rodajas de plátano, la frescura de las cebollas moradas, salerosas y recién partidas y del maíz cancha, salado y grasosito, que nos recuerda bogar desaforadamente la bebida de maíz morado. El cliente no quiere parar de comer, se concentra sólo en lo que está frente a sus ojos, se le olvida que está en la ciudad de Montreal y se siente en el mismo Perú, al frente del mar, con la brisa fresca acariciándole el cuerpo y aspirando aromas de playa y arena, pesé al contrastante frío y lluvia de nieve de la ciudad de acogida. Luego se remata con un ceviche bañado con limón, decorado con un pequeño ají naranja sobre los mariscos, calamares, camarones, ostras, mazorca cocinada y cancha y un delicado gusto.

Su más grande desafío fue superar la barrera, comenzar de nada. Su felicidad mayor: sus hijos y su esposa. Verdaderamente se siente realizado. Tiene su tienda de importaciones, su restaurante, un salón de estética de belleza y trata de conservarlos. El aconseja para quienes comienzan que tengan las ganas de trabajar y que aprendan a superarse en este país que nos da la bienvenida, la comida y el alojamiento, lo cual agradece mucho. Recuerda que todo depende de cada uno de nosotros. Él define su negocio como muy casero, muy hogareño, muy familiar, en síntesis como un rincón del Perú en Canadá.

Es de remarcar que Eche pa´echarle es restaurante de comida tradicional peruana reconocida a nivel mundial, digna de ser consumida, y reitera, con su tono apacible, que las puertas están abiertas para quien quiera ensayar y se quiera quedar… pero enviciado porque qué delicia de comida, llena de recordación y memoria.

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